por Javier Márquez
Sobre la mesa había un parqués. Cuatro colores, cuatro personas y, de alguna manera, cuatro mundos distintos: Honduras, México, Estados Unidos y Colombia. Mientras los dados rodaban y las fichas avanzaban por el tablero, también iba ocurriendo algo más. Esa escena, sencilla y cotidiana, terminó siendo una buena imagen de lo que fue el retiro de Embajadores en Cartagena.
Del 24 al 28 de julio, jóvenes de distintos lugares se encontraron para cerrar una temporada de servicio, pero también para conocerse, escucharse y compartir la vida por unos días. Llegaron desde Ciudad de México, Barranquilla, Santa Marta, Virginia del Norte y Pensilvania, junto con el equipo de Mosaico.

Hubo sesiones sobre liderazgo, servicio y misión, pero el retiro no sucedió solamente en los espacios programados. Sucedió alrededor de la mesa, durante las comidas, caminando por las calles de Cartagena, en la playa y en esas conversaciones que comienzan sin saber muy bien hacia dónde van.
A veces había que cambiar de idioma, repetir una frase, buscar otra palabra o simplemente intentar entenderse. El español y el inglés se mezclaban constantemente. También intentamos aprender algunas palabras de la lengua indígena Wiwa, acercándonos, aunque fuera de manera sencilla, a otra forma de nombrar el mundo. Más que dominar las palabras, se trataba de hacer el esfuerzo de acercarnos al otro.
También cantamos. Hubo coros, guitarra y momentos de oración que ayudaron a juntar las voces cuando las palabras no eran suficientes. Danilo y Brendan acompañaron algunos de estos momentos con la guitarra. No siempre cantábamos en el mismo idioma, pero sí podíamos cantar juntos.


La visita a la Iglesia Shalom fue otro de los momentos que ayudó a conectar el retiro con la realidad de la misión. Conocer su trabajo comunitario nos permitió salir del espacio del encuentro y acercarnos a una iglesia que también está buscando maneras concretas de servir a su comunidad. Jennifer Svetlik destacó precisamente esta visita como una manera muy significativa de comenzar el retiro.
Pero quizá el hilo que atravesó todo el encuentro fue el camino. Durante los devocionales volvimos una y otra vez al relato de Lucas 24:13-35, el camino a Emaús. Dos discípulos caminan juntos, conversan sobre lo ocurrido y tratan de entender una historia que parecía haber terminado. Jesús se acerca y camina con ellos, aunque ellos no lo reconocen inmediatamente. Solo más adelante, al partir el pan, sus ojos se abren y comprenden que Jesús había estado allí durante todo el camino.
Esa imagen nos ayudó a mirar de otra manera el servicio de los Embajadores. Servir también es caminar. Es avanzar sin tener siempre todas las respuestas, encontrarse con personas diferentes, aprender en el camino y, algunas veces, mirar hacia atrás para descubrir que Dios estaba presente en momentos que no habíamos reconocido.
Jennifer también vio ese movimiento en el grupo. La primera noche observó cierta distancia y mucho uso de los teléfonos. Pero poco a poco algo cambió. “De sentirnos un poco incómodos al principio a decir ‘somos todos familia’ al final de unos pocos días fue algo extraordinario”, cuenta. Para ella, ese cambio mostró el deseo de los jóvenes de involucrarse y la profundidad de las conversaciones, que continuaron incluso fuera de las sesiones.


Danilo Sánchez lo resumió como “una gran experiencia intercultural”. Mientras el grupo navegaba entre español e inglés, los jóvenes compartieron sus experiencias del verano y fueron formando amistades a través de las culturas. Hubo, como él recuerda, “risas, aprendizaje y momentos espirituales”.
Y también hubo comida. Muchas conversaciones importantes comenzaron simplemente sentados juntos, compartiendo un plato, tratando de encontrar las palabras correctas y riéndonos cuando alguna palabra no salía como esperábamos.
Quizás por eso la imagen del parqués sigue siendo tan apropiada. Cuatro colores distintos sobre un mismo tablero. Cada ficha sigue su propio camino, pero todas comparten el mismo espacio. En Cartagena ocurrió algo parecido: diferentes países, iglesias, culturas y lenguas se encontraron alrededor de una misma mesa.
El retiro terminó, pero el camino continúa. Como en Emaús, quizás lo importante no sea solamente llegar a algún lugar, sino aprender a reconocer a Jesús mientras caminamos juntos.

Javier Márquez
Javier Márquez es Asociado de Cultivo Comunitario y Desarrollo de Liderazgo. Es un pacifista y poeta colombiano anabautista. Reside en Bogotá, Colombia.
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